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I. STRAVINSKY: Octeto para instrumentos de viento (Estudio)

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IGOR STRAVINSKY (1882-1971)

Fue escrito entre diciembre de 1922 (en Biarritz) y el 23 de mayo de 1923 (en París). Su curiosa plantilla instrumental (flauta, clarinete, dos fagotes, dos trompetas, dos trombones uno de ellos bajo) explica su sonoridad acidulada, fácilmente agresiva, aunque la apuesta “de excluir todos los matices entre forte y piano lleva a una impresión de obra en blanco y negro”, difícil de admitir por el público que se había quedado en las opulencias de EI pájaro de Fuego. La partitura es en tres movimientos: I. Sinfonía: lento allegro moderato; II. Tema con variazioni: andantino que enlaza con el Finale: tempo giusto. A propósito de la obra, Stravinski se contradijo a veintisiete años de distancia. En 1936 (Crónicas) escribía: En un principio, escribí la música de esta obra sin saber cuál sería el material sonoro; dicho de otra forma, qué forma instrumental revestiría. A esta cuestión di respuesta después de haber terminado la Sinfonía, cuando vi claramente qué tipo de conjunto reclamaban el tratamiento contrapuntístico, el carácter y la estructura del movimiento compuesto. Y, en 1963 (Conversaciones), afirmaba haber visto en sueños la formación instrumental que iba a utilizar al día siguiente para escribir su Octeto. Más seriamente, en un artículo aparecido tras el estreno del Octeto (Ópera de París, Conciertos Kussevitzki, bajo la dirección del compositor quien debutaba como director públicamente, el 18 de octubre de 1923), consignó algunas de las bases estéticas de su filosofía musical: «Mi Octeto es un puro objeto sonoro. Este objeto tiene una forma y esta forma está influida por la materia musical; pero una composición musical que está basada en elementos objetivos es autosuficiente… La forma, en mi música, proviene directamente del contrapunto. Considero la idea de contrapunto como el objeto esencial de la atención del compositor en el plano puramente musical. Esta especie de música no tiene otra finalidad que la de ser suficiente en si misma. Globalmente, considero esta técnica como la única capaz de resolver los problemas musicales, no hay otra.

La Sinfonía es introducida por una breve obertura lenta (que Stravinski compara a la de las Sinfonías londinenses de Haydn), seguida por un Allegro seco, brillante, ascético, en mi bemol, con un tema que parece un curioso homenaje a las Invenciones de Bach, de no ser por la séptima ascendente que viene a torcer esta impecable demostración.

El segundo movimiento es el más importante, en duración y por su técnica compositiva. El tema se impone en ocho compases por el dúo concertante de la flauta y del clarinete en si bemol, sobre un contrapunto a modo de guiño de los otros seis vientos staccato. La primera variación (A) es muy virtuosística y exige prodigios a los dos trompetas, sobre todo a la trompeta en la (la otra es en do). Los dos fagotes deben proponer la misma fluidez veloz que el dúo concertante, mientras que el trombón entona un seudocanto gregoriano partiendo del tema del Dies Irae, La segunda variación (B) da la parte solista a la trompeta en la, sobre un ritmo de marcha paródica, y después al cantabile de la flauta sobre el contracanto del clarinete. Se clausura con un solo inédito de los dos trombones, en registros complementarios. La tercera variación (C) vuelve a dar la palabra a la flauta sobre un ritmo de vals, y después al clarinete, procediendo ambos a desarrollar a dúo sus propias variaciones. La cuarta variación (D) pone a prueba a los fagotes exigiéndoles un virtuosismo endiablado, a la vez haydniano por su humor subyacente y neoclásico… por su ausencia de contrapunto. La quinta y ultima variación (E) es un fugato guasón encargado a los fagotes, y al que el último instrumento entrante, el trombón bajo, no aportará más que ocho notas. Sigue un Moderato legatissimo en la flauta, que encadena cinco cambios sucesivos de ritmo (4/4, 3/8, 3/2, 3/4, 4/4) para dejar a los fagotes que introduzcan solemnemente el Finale, un rondó llevado con brío por los mismos fagotes y retomado por las trompetas. Un solo espressivo de la flauta termina en una virtuosística divagación. Los fagotes reconducen el juego hasta una peroración irónica a modo de divertimento clásico, en busca de su tonalidad, y que concluye en un acorde amablemente disonante que superpone dos si bemol (clarinete y trompeta en la) a un impecable acorde de do.

Una revisión de 1952 corrigió algunos errores de imprenta de la edición de 1924 y modificó los pasajes considerados inútilmente chillones del clarinete o demasiado difíciles del trombón bajo (Boosey & Hawkes 17231).

  • P.-E. Barbier
    Guía de la música de cámara, pp. 1330-32
    Dirigida por Françoix-René Tranchefort
    Alianza Diccionarios
    Madrid 1995

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